Vuelve a lo esencial: una fe sencilla, guiada por la gracia de Jesús y el Espíritu Santo, que trae descanso, claridad y nos acerca al corazón del Padre.
Siempre pensé que ser buena significaba cumplir cada regla, cada "deber" que mi familia, mi iglesia y mi trabajo me imponían. Crecí creyendo que mi valor dependía de qué tan bien cumplía las expectativas de los demás a mi alrededor. Mi relación con Dios no era una relación; era una lista de chequeo: ser buena esposa, buena mamá, buena hija...